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Bajo la República de Putin La censura (no) existe
en Moscú

Entre leyes represivas y tensiones políticas se llevó a cabo la nueva edición del Festival de Cine de Moscú, uno de los certámenes cinematográficos más antiguos de Europa. Un oasis de libertad, una fiesta autorizada que, durante 9 días, se alzó como una gran ilusión, un gran espejismo.

Por Andrés Nazarala R.

Este año, el Festival Internacional de Cine de Moscú no contó con grandes invitados, como suele ocurrir en cada edición. Su director, el cineasta Nikita Mikhalov, lo lamentó públicamente en la ceremonia inaugural, adjudicándole, de alguna manera, la culpa a Estados Unidos y la Unión Europea por las sanciones establecidas a Rusia en medio del conflicto con Ucrania ("nadie quiso venir", aclaró). Cercano a Vladimir Putin y el oficialismo, Mikhalov inauguró la 39ª versión del evento cinematográfico –el más antiguo del mundo después del Festival de Venecia y alguna vez dirigido por Sergei Eisenstein- con la retórica persuasiva y categórica de un político.

Por esa misma razón, en ningún momento reparó en otro de los conflictos que amenazan al país y a la cinematografía local: la censura.

Malas palabras

El certamen –que se realizó entre el 19 y el 28 de junio- coincidió con el lanzamiento de una nueva ley de censura que prohíbe los garabatos en el cine, la televisión, el teatro y otros medios.

"Condenamos el uso de palabras obscenas, asegurando el derecho de los ciudadanos a usar la lengua oficial y protegiendo y desarrollando la cultura del lenguaje", informaba el Kremlin a través de un comunicado.

La gran afectada sería una de las películas más populares del festival: Da i Da (Yes and Yes), de la joven directora Valeria Gay-Germanika, especialista en retratar, con cierta crudeza, los excesos adolescentes tanto en la televisión como en el cine.

En 2008, la realizadora ya había generado cierto revuelo con Everybody dies but me, ganadora del Prix Regards Jeune y una Mención Honrosa en la Caméra d'Or del Festival de Cannes. Una película cruda y realista -una suerte de Kids femenina- que carga con el aura maldita de incluir escenas reales de borracheras y violencia para que el retrato sea más convincente.

Da i Da

Da i Da –ganadora del premio Fipresci de la crítica cinematográfica- sigue esa misma línea. Es la crónica de un destructivo amour fou entre una profesora de arte que está aburrida de su vida rutinaria y un pintor alcohólico que pasa sus noches en fiestas repletas de excesos. Más que narrar una historia, el énfasis está puesto en el exhibicionismo, en la construcción de orgías de alcohol y violencia que son construidas con una naturalidad apabullante y valiéndose de un método de dinámica colectiva cercano al del teatro "In-yer-face".

Como un condenado a muerte que puede pedir un deseo antes de enfrentar su castigo, Da i Da contó con una concurrida exhibición en la que se exhibió de manera íntegra. Después tendría que someterse a una adaptación radical acorde a la nueva ley. Esto significa que los garabatos –que abundan en el film- tendrán que ser retirados, lo que en términos prácticos implica doblar todo el metraje. Una artificialidad que ciertamente atenta en contra de su vocación realista.

¿Y qué pasa con las escenas de sexo o una en la que los personajes beben su propia orina?

"No estoy seguro", confesaba el productor Fedor Bondarchuk (indiscutiblemente, el realizador más exitoso y poderoso de Rusia, conocido por sus intentos de armar una industria a lo Hollywood tras el triunfo en salas del blockbuster Stalingrad) en medio de la fiesta promocional de la película. "Lo bueno es que en el DVD podremos incluir la versión íntegra", agregaba con tono de falsa celebración para no denostar al gobierno que apoya. Porque el cineasta –hijo de Sergei Bondarchuk, leyenda del cine soviético- es partidario de Putin y en Rusia pocos se atreven a cuestionar públicamente al oficialismo.

Prohibido criticar

Mientras Da i Da era condenada a la censura, la prensa internacional informaba sobre otras medidas similares adoptadas por Moscú, como el bloqueo del sitio web de la película La vida de Adèle o un proyecto de ley que castiga a films internacionales que critiquen o caricaturicen al país.

"Deberíamos exigir requisitos específicos para la exhibición cinematográfica y las películas que demonicen a Rusia o se mofen de ellas deberían ser prohibidas", declaraba a The Guardian uno de los impulsores de la idea, el congresista Batu Khasikov. Una iniciativa ciertamente retrógrada que remite a los años más oscuros de la Unión Soviética.

"Estamos cada vez peor, tomando decisiones que van en contra de nuestros tiempos. Nos estamos aislando nuevamente, protegiendo los supuestos valores rusos de las garras de un mundo que pasa por una degradación moral", opinaba a baja voz una estudiante de cine que trabaja en el festival.

Pero lo cierto es que, si alguien no estuviese informado, no podría advertir el clima de opresión que se vive en el país basándose en la programación del certamen. Probablemente por su cercanía con Putin, Mikhalov tiene plena libertad para armar un festival propio del Siglo XXI durante sus nueve días de duración. Un paréntesis de libertad que hasta ahora no ha sido sometido a restricciones.

Lo demostró una selección que incluyó dos películas del transgresor Bruce LaBruce (Gerontophilia y Pierrot Lunaire) y un film crudo y visceral que juega con la idea del incesto: My man, del japonés Kazuyoshi Kumakiri, crónica de obsesiones, adicción sexual y violencia entre una joven que perdió a su familia en un tsunami y su atormentado padre adoptivo. Terminó llevándose el premio mayor.

Strauss Kahn en clave soft porno

Welcome to New York

Aprovechando su condición de "zona libre" –y la amistad de su protagonista con Putin-, el Festival de Cine de Moscú exhibió también, con bombos y platillos, la decepcionante y efectista Welcome to New York, de Abel Ferrara. Una película que tuvo menos figuración de la que el director neoyorquino esperaba cuando la estrenó en el pasado Festival de Cannes. Bueno, no precisamente. La controversial recreación del caso Strauss Khan no formó parte del catálogo oficial. El director de Maldito policía sólo se colgó del certamen francés, arrendó una sala para proyectarla y, para rematar la provocación, ofreció una conferencia de prensa en un prostíbulo local en la que los periodistas eran recibidos con preservativos. Una estrategia fallida para un film ignorado que sólo fue distribuido a través del sistema Video en Demand.

Pero en Moscú fue una de las funciones más concurridas ya que está protagonizada por Gérard Depardieu, quien se nacionalizó ruso (para evadir los impuestos) y por estos días planea la apertura de un elegante restaurant en la ciudad.

Muchos esperaban que el francés apareciera en la proyección pero solamente estuvo presente la actriz rusa Natasha Romanova., quien interpreta a una prostituta de lujo.

"Me alegro que se apaguen las luces porque estaré muy ruborizada", fueron sus palabras de introducción a una película que chapotea por más de media hora sobre escenas soft porno protagonizadas por un obeso Depardieu. Todo esto en la habitación real del Hotel Sofitel de Manhattan donde el economista habría abusado de una mucama (Ferrara también consiguió el departamento que la mujer de Strauss Kahn –interpretada por Jacqueline Bisset- arrendó durante los días que duró el juicio). La provocación sexual –tan explícita como mal filmada- es seguida de una obvia reflexión sobre el capitalismo, presentada a través de los pensamientos del economista.

El público presente disfrutó de la apuesta, especialmente en las partes subidas de tono. Como si se tratara del comediante favorito del régimen, las peripecias sexuales de Depardieu gatillaron risas y aplausos efusivos.

El Festival Internacional de Cine de Moscú finalizó con el estreno de El Planeta de los Simios: Confrontación y una glamorosa ceremonia que fue televisada. Como acto de cierre, hubo una coreografía protagonizada por dos bailarines del Bolshoi y un discurso de cierre de un Mikhalov que volvió a pasar por alto el tema de la censura. Una ceremonia ilusoria para cerrar un festival que fue como un oasis en medio de un desierto de opresión.

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